Ya han pasado 10 meses desde que un buen día cambió nuestra existencia y el mundo dejó de ser como lo conocíamos. El sábado anterior habíamos estado en un concierto, probablemente habíamos hablado a menos de 1,5 metros con más de 15 personas y habíamos cerrado algún bar. De un plumazo se nos borró la vida normal y nos encerramos, y aunque no viésemos exactamente un final, sí que éramos firmes creyentes en que acabaríamos saliendo de casa y todo habría pasado.

Cuando avanzamos en los meses quizás empezamos a ser más conscientes de que era bastante difícil aquello de hacer como si una pandemia no hubiese arrasado el mundo y nuestra forma de vivir.

No niego que es fácil caer en el hastío no de ver la luz al final del túnel porque a veces ni siquiera nos damos cuenta de que estamos atravesando un túnel. La oscuridad nos ha sumido como fantasmas de lo que ya no es y las malas noticias bombardean tanto que no dejan respirar. Cuesta hacerse ilusiones con algo.

Cada vez más convencida de que nuestra forma de vivir implica la inexorable participación de esos acompañantes que hacen la vida más fácil, minimizan los problemas y son capaces de hacerte ver la solución. Y ahora están lejos. La música en directo me hacía creer que no hay nada mejor que el presente, el teatro que existen mundos paralelos en los que sumergirse sin vergüenza y las cervezas sin toque de queda en que hay veces que el tiempo se para de verdad.

Encuentro un rayito de esperanza en un capítulo de ‘El Colibrí’ cuando el protagonista, Marco Carrera, oftalmólogo de profesión, realiza una presentación en un congreso que sorprende a sus colegas. En lugar de hablar de los ojos, habla de la mirada.

“Mirar es tocar a distancia; las miradas son cuerpo” defiende, para acabar hablando de su nieta: “es una niña, una niña normal que duerme, pero mi mirada la transforma en la cosa más bella del mundo”.

Me enfrento a mí, y a la pesadez de este final infinito, para preguntarme qué hacer si solo tenemos el ahora y si esto ahora es la vida. Me doy una respuesta inequívoca: ni idea, pero puedo seguir mirándote.

No ha cambiado la forma de mirarnos.

El resto nos tocará inventarlo.

Todo empezaba aquella noche
Esto no viene a cuento pero tengo que contarlo.

Era junio de 2016, habíamos acabado la universidad hacía unos días. Festival de les Arts en Valencia. Verano incipiente. Esas ganas de todo sin tener ni idea de nada. Esa sensación de ser imbatibles. Nos acabábamos de comer un kebab, era medianoche y yo entraba a trabajar a las 6 de la mañana. Daba igual. La vida estaba ahí para zampársela a bocados. Pantalones cortos, zapatillas y cerveza en mano. Estábamos juntas quedándonos sin voz y saltando sin fin. Cuando se dispararon los fuegos artificiales las lágrimas me salían sin saber exactamente porqué, como cuando estás emocionado porque todo de parece la hostia y no puedes ser más feliz.

Imbatibles. La vida. Todo empezaba aquella noche.

Os dejo el vídeo de alguien que grabó —nosotras estábamos abajo como hormiguitas— y me ha traído uno de los mejores momentos de la semana.

Feliz viernes y bendita música en directo.

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